Existen en la vida momentos de inflexión. Hablo de esas extrañas ocasiones en las que una nimiedad cambia el mundo, o por lo menos los ojos con los que lo vemos, tomando consciencia por primera vez en mucho tiempo de que evolucionar es un imperativo y no una opción.
Pues bien, el mío ha llegado.
Estoy harto de ofrecer una imagen insustancial y frívola, harto de que la me trate como si todo cuanto hay entre mis sienes fuesen maledicencias e ironías de rastrillo. Cansado de que la vida me muestre hasta que punto estoy dispuesto a prolongar una angustia en pro de ser aceptado, o para conseguir la insustancial sonrisa de algún aspirante a la popularidad con ínfulas cuasi nobiliarias.
En el fondo comprendo el porqué de todo ello, y es precisamente ese matiz el importante. Sé como cambiar, pero no logro ponerlo en práctica.
Al fin y al cabo no es tan sencillo cambiar de la noche a la mañana y pretender que mis allegados se acoplen de forma perfecta a la nueva dinámica.
Este "Otro yo" que dirige mi destino no ha mucho tiempo fue mi salvavidas. Se trata tan sólo de un mecanismo de defensa, conservado desde aquellos tiempos en los que luchaba por existir, en los que buscaba a la desesperada una forma de contrarrestar las noches de lágrimas, las patadas y las burlas y las ganas de gritar...
Ese yo pretérito que tuvo que batallar cuando apenas comprendia nada contra una totalizadora negación que parecía surgir de las propias entrañas de la tierra.
Era mucho más frágil de lo que ahora, apenas tres años después, soy capaz de comprender.
Forgé una coraza revestida con aquellas potencias de mi mente y alma que sabía que me permitirían resistir. Y vencí. y me sentí poderoso. Aunque me pregunto hasta que punto el cómputo de una vida se hace en victorias y derrotas.
Mi gran hazaña había sido imponerme ante el mundo y a una parte de mí mismo, mas creo que por ello hube de pagar un alto precio.
De la marginación a la popularidad gracias a mi elocuencia, de las confesiones a media luz a las risas de falsete de insípidas jovenzuelas mal pintadas, de la reflexión pausada a la vorágine de la alienante realidad, de los sueños candentes al frío suelo. De la individualidad al adocenamiento más pueril.
Fueron muchas y muy variadas las circunstancias que me fueron llevando por estos derroternos, y que acabaron por arrojarme en un inmenso océano de vacuidad absoluta. Fueron demasiadas las horas perdidas con gente que no merecía la pena, o con preocupaciones poco menos que insultantes.
Fueron y son muchas las horas de bruma, pero no serán más.
