lunes 16 de junio de 2008

Panta Rei

Existen en la vida momentos de inflexión. Hablo de esas extrañas ocasiones en las que una nimiedad cambia el mundo, o por lo menos los ojos con los que lo vemos, tomando consciencia por primera vez en mucho tiempo de que evolucionar es un imperativo y no una opción.
Pues bien, el mío ha llegado.
Estoy harto de ofrecer una imagen insustancial y frívola, harto de que la me trate como si todo cuanto hay entre mis sienes fuesen maledicencias e ironías de rastrillo. Cansado de que la vida me muestre hasta que punto estoy dispuesto a prolongar una angustia en pro de ser aceptado, o para conseguir la insustancial sonrisa de algún aspirante a la popularidad con ínfulas cuasi nobiliarias.
En el fondo comprendo el porqué de todo ello, y es precisamente ese matiz el importante. Sé como cambiar, pero no logro ponerlo en práctica.
Al fin y al cabo no es tan sencillo cambiar de la noche a la mañana y pretender que mis allegados se acoplen de forma perfecta a la nueva dinámica.
Este "Otro yo" que dirige mi destino no ha mucho tiempo fue mi salvavidas. Se trata tan sólo de un mecanismo de defensa, conservado desde aquellos tiempos en los que luchaba por existir, en los que buscaba a la desesperada una forma de contrarrestar las noches de lágrimas, las patadas y las burlas y las ganas de gritar...
Ese yo pretérito que tuvo que batallar cuando apenas comprendia nada contra una totalizadora negación que parecía surgir de las propias entrañas de la tierra.
Era mucho más frágil de lo que ahora, apenas tres años después, soy capaz de comprender.
Forgé una coraza revestida con aquellas potencias de mi mente y alma que sabía que me permitirían resistir. Y vencí. y me sentí poderoso. Aunque me pregunto hasta que punto el cómputo de una vida se hace en victorias y derrotas.
Mi gran hazaña había sido imponerme ante el mundo y a una parte de mí mismo, mas creo que por ello hube de pagar un alto precio.
De la marginación a la popularidad gracias a mi elocuencia, de las confesiones a media luz a las risas de falsete de insípidas jovenzuelas mal pintadas, de la reflexión pausada a la vorágine de la alienante realidad, de los sueños candentes al frío suelo. De la individualidad al adocenamiento más pueril.
Fueron muchas y muy variadas las circunstancias que me fueron llevando por estos derroternos, y que acabaron por arrojarme en un inmenso océano de vacuidad absoluta. Fueron demasiadas las horas perdidas con gente que no merecía la pena, o con preocupaciones poco menos que insultantes.
Fueron y son muchas las horas de bruma, pero no serán más.

jueves 12 de junio de 2008

Año de nuestro señor 2008

La patetización del razonamiento racional - ruego sepan perdonar la redundancia - se ha transformado al parecer en signo socialmente aceptado de civilización y buen gusto.

Esta reflexión la hago desde la dudosa atalaya de experiencia de la que mis diecinueve años me proveen, impelido por el doloroso trance intelectual que me supone la socialización con ciertos individuos que gozan del empleo de una subjetividad patológica en casi todos sus pensamientos.

La máxima es la proyección de la propia culpabilidad sobre el otro. Un examen no se supende, es el profesor el que "me ha suspendido", un error propio siempre parece haber sido causado por "el imbécil ese", y cualquier intento de consejo es acogido con un casi amigable "No me ralles".

La precarización del modo de comportarse, de hablar, de pensar y de la más elemental de las autocríticas es tan evidente que resulta embarazosa.

Mientras en el llamado "primer mundo" nos jactamos de nuestra propia opulencia, de las tecnologías última generación, de los sofisticadísimos métodos de producción y de otras mil nimiedades, dejamos aparcada la incómoda realidad de la precarización del pensamiento y de las buenas formas.

Hoy por hoy los ancianos son vilipendiados por macarras sin escrúpulos que consideran gracioso imitar y burlarse de los achaques propios de la edad, supongo que en la ignorancia de que ellos mismos los sufrirán algún día. Por ende cualquiera que se atreva a reconvenir a estos amigables déspotas tendrá que vérselas con madres amantísimas y padres orgulloso que no toleran que ningún extraño se atreva a "faltarle al respeto a mi hijo" (con la evidente ironía que inhiere esta frase)

Vivimos en esos horribles tiempos en los que dos personas son capaces de hablar mientras mandan un mensaje o, para usar el neobarbarismo, un "sms"; demostrando que les importa poco menos que nada lo que su interlocutor tenga que decir y contestando con un sonido gutural que, independientemente de la opinión que ellos mismos sostengan, será de asentimiento.

Vidas absurdas y caóticas, niños malcriados por padres que consienten y defienden la mala educación de sus vástagos... Tiempos de prepotencia y autosuficiencia que parecen haber venido para quedarse.